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Llévense sus cosas porque ya no van a entrar. Aunque hace días que esos camiones entran y salen de Fundidora, nadie hace caso a los guardias porque los hornos siguen encendidos. Llévense sus cosas porque ya no van a entrar. Pero cuando los obreros se despiden, las chimeneas se ahogan de golpe. Se apaga la última flama del Alto Horno Uno y el Faro del Comercio dispara su primer rayo desde la Macroplaza. Llévense sus cosas porque ya no van a entrar. El cielo hurta las llamas e inflama las nubes; la sólida lumbre incendia la tarde y la esparce en tinieblas. Llévense sus cosas. Durante ochentaiséis años estas chimeneas distinguieron a Monterrey, hasta que Fundidora expira con su última voluta de humo. Llévenselas. Entre la gente, en compañía de otros ejecutivos de la empresa, el Director General cierra las puertas y coloca el candado. Porque ya no van a entrar. Dentro queda sólo personal de mantenimiento. Ya no van a entrar. La masa obrera se rompe y ya no la dejan volver. Ya no. Miles de trabajadores del turno vespertino acuden a sus labores, pero acaba de ser derrotada la invencible Fundidora. |
| No. Y no los dejan entrar. Son órdenes de la empresa: que nadie entre. No sabemos nada. No. Muchos trabajadores acuden al local sindical. Gonzalo sonríe sin separar los labios para no enseñar sus dientes disparejos y amarillos entre los que escaparía su pésimo aliento. Lleva la mano a la hebilla del cinturón para apretarlo más. Prefería ahorcarse antes que fallar; prefería enfermarse antes que faltar al trabajo. Prefería no comer, no dormir, no ir al baño antes que faltar a una junta sindical en la que se hubieran tratado los grandes asuntos que esperó. Tampoco quiso arriesgarse a que decidieran despedirlo durante una reunión mientras él estuviera en otra parte. No, no quiso. Aprieta los esfínteres y sonríe con los labios pegados mientras contempla el Puente de Fierro y Acero y se rasca la mano derecha. Su camisa caqui se pega a la camiseta, ambas mojadas de sudor por la espalda. Su cinturón con una gran hebilla cobriza y rayada, con la cabeza de un venado. Le falta un botón a la camisa. Las botas con punta de acero bien boleadas cada noche por sus manos cortas mientras Macrina duerme. No va al edificio sindical. Las chimeneas apagadas harán que se apaguen muchas otras. En las mesas de la colonia Buenos Aires va a faltar comida. Macrina no va a entender. Gonzalo tampoco. Da la espalda al cadáver aún caliente de la planta y camina hacia el río. Su portaviandas no saldrá más. Gonzalo se dirige hacia el puente. Está seguro de que mañana van a abrir. Los compañeros no van a dejarse. El barandal del puente se oxida bajo la pintura. Tantos años no van a quedar así. Un rumor de uñas sobre el pavimento y u n gruñido a su espalda. La brisa revuelve aquel sonido en torno suyo: las uñas trotan detrás de él, arriba, a los lados. Gonzalo no voltea, no escucha. Sus pasos repiten los golpes del alambrón, los de las láminas. Sus ojos derraman acero fundido sobre la acera. Las uñas contra el suelo ya se encuentran cerca: pertenecen a una nube de pelos, dientes y ojos, colas que flagelan al río de la noche sobre el Puente de Fierro y Acero. Los perros lo rodean. |
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