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Cada familia tiene su casa y cada barrio su vigilancia. Esta tarde despiertas con sed y con la lengua del perro sobre la cara. Los últimos autos zumban en torno a la caseta y tu gorra colgada no puede impedir que la gigantesca oscuridad destroce el aire. Tu s venas azulean bajo la piel de tu s brazos y tu s músculos apenas se desperezan al fresco. La tarde cambia su plumaje por unas enormes nubes rojizas. Las calles cierran sus ojos, se estiran y se recuestan a descansar. Los camiones frenan en la avenida, algunas ranas croan en el río, se despide el aire diurno sobre tu s orejas. Sobre los techos el viento conduce los pájaros y la luz hacia el rincón del cielo en donde los días terminan. Allá lejos, en el cañón, ese crepúsculo azota su cuerpo contra nubes y montañas, contra la misma ciudad abajo, contra sus mismos habitantes que circulan por las avenidas e inician sus charlas fuera de sus casas, contra la invasión del olor a frijoles, pan tostado, leche tibia, carne seca y jícama con limón. Las escobas y los trapeadores vuelven a sus closets y los huesos cansados de mujeres y maridos se encuentran, se repelen o simplemente se pasean por sus casas para arreglar esto y lo otro. Y en las mismas calles, en algunos escondites, sobre los techos o en los fondos de los patios, en las paradas de camión, en los últimos camiones y en el último metro trabajan ya otros mecanismos, diferentes maneras de abordar la noche. Y tú eres, Vigilante, uno de esos pocos interpuestos entre los cuerpos que se activan y los cuerpos que descansan, porque un cuerpo fuerte en reposo no es más resistente que el de un niño, porque una mujer llena de energía la guarda en la cocina o en algún baño después de que esos crepúsculos se rinden, dejan caer sus brazos amoratados y lamentan su derrota en lo profundo del cañón.
      Fue un día de muchos gritos y vientos de cuchillo. Cerca de tu caseta permaneció estacionado un auto de cuyo interior surgían risas a todo volumen, iguales a las de los antiguos paseos con aquellos amigos que alguna vez tu viste. No se cansaban de dar vueltas y vueltas por la Plaza de la Llave, por la Alameda y por los salones de baile de la Calzada Unión. Sientes en el rostro la brisa de aquellos años, las discusiones interminables en torno al origen de las montañas, la existencia de gigantes en épocas remotas, las peleas contra grupos rivales por ofensas o simplemente por mantenerse ocupados. El mareo y la falta de dinero en aquel tiempo no importaban tanto como estar juntos, aunque tú nunca hablaras, Vigilante, y esa acti tu d te causara problemas con los que nunca te sentiste vinculado.
      Ya desde entonces manejabas la navaja con destreza y varios contendientes se habían retirado sangrantes después de sus encuentros contigo. Quizá pensaban que por ser callado y mantener la vista hacia abajo eras un cobarde. Pero en el momento de sentir tu mirada sobre la suya se daban cuenta, aunque demasiado tarde, de que estaban a punto de batirse contra un espíri tu salvaje, un fantasma moreno y silencioso que no atravesaba partes vitales pero sí hacía sangrar mejillas, manos y antebrazos. Ni gritabas ni aullabas ni te reías como lo hacían muchos de ellos; sólo respondías a las agresiones con ágiles movimientos. La navaja aparecía y desaparecía en tu s manos; tu s contrincantes, desconcertados, alimentaban su miedo con rápidas respiraciones. No sabían de dónde vendría el golpe, ni si el filo acabaría clavado en su pecho o en su cuello, y esa confusión contrastaba con tu seguridad y te ofrecía toda la ventaja.
     Nunca los buscabas, sólo ellos a ti. Respetaban a tu grupo en gran medida porque te habían visto manejar los puños, los pies y la navaja. No había muertos todavía, pero ese respeto aumentaba con el nivel de la sangre derramada.
     Así daban vueltas y vueltas. Buscaban chicas en los bailes y casi siempre encontraban pelea. Acababan escapando a toda velocidad, o persiguiendo a pedradas y ladrillazos al enemigo. Y, cuando era momento de disfrutar el tiempo a solas con sus nuevas amigas, se iban a otro lado a seguir vagando o a meterse en otro problema.
     Y ésa es otra forma del miedo.
     Te hechizaban sus miradas hermosas, te dejaban la garganta seca aunque fueras capaz de pelear contra varios oponentes y en clara desventaja. Preferías recibir un golpe de uno de ellos que saludar a una de ellas. Y tu s amigos eran muy parecidos. Ese mismo miedo los empujaba a cerrar su círculo y conversar sólo entre ustedes, dejando fuera aun a las más interesadas en conocerlos.
     Qué tiempos, Vigilante.
     Qué tiempos perdidos.