El viento arrastra su carga envuelta entre los matorrales. Avanza con su vientre pegado al suelo y acaricia con sus escamas el dorso seco de Espinazo.
Llega hasta su cama y agita esa bata blanca y ese cabello sobre la almohada. Ella abre los ojos y escucha.
Mamá.
A su lado, Enrique sigue dormido. Ella se levanta y se sienta a su costado.
Mamá.
Ese llanto de bebé sujeta y se lleva a Consuelo Villarreal de López de la Fuente a atravesar los pasillos de est a casa grande cuya oscuridad reseca sus ojos negros.
Mi mamá.
La mujer de cabello suelto y bata grande recorre la casa bajo estas vigas con telarañas . Cruza la habitación de sus padres, llega a las camas de sus hijos Fabiola, América, Herminia, Consuelo, Silvia y Plutarco Enrique , pero ninguno llora.
Los seis duermen.
Sale al patio y no hay nadie: sólo los dos árboles y el viento.
Y allá fuera hay tanto desierto.
Tanto desierto en Espinazo.
Los dedos de sus huellas se esparcen y se borran pronto bajo el calor de esta noche.
En su camino de regreso se le atraviesan, dormidas y con las greñas alborotadas, sus primas Francisca, Celedonia y Venustiana Villarreal.
Ese séptimo hijo que esperas va a salirte muy bueno.
Va a salirte muy bueno.
Muy bueno.
Y se quedan ante ella, y contemplan sonrientes los huecos que este viento hace en su bata.
No: si yo no estoy embarazada.
Y cuando ellas ya se alejan por el camino, sin levantar polvo, ella regresa a su casa.
Consuelo arrastra los pies sobre los bordes del suelo quebrado y, al llegar a su cuarto, se mueve una comezón sucia dentro de su panza.
Y le viene un dolor, un dolor, y sale corriendo de la casa y se le quiere salir un pedazo de carne, un pescado, un gato, un lechón.
Y se tiende ahí, y se recarga en el tronco, bajo las ramas del huizache.
Pero de entre sus piernas escurre sólo un agua que se pierde entre la tierra seca bajo el árbol.
Consuelo se levanta; hay tierra en sus rodillas y en sus codos.
Entra en su cuarto.
Enrique sigue dormido.
Unos brotes verdes revientan en las ramas del huizache.
Ya está Consuelo acomodada en su cama y vuelve ese dulce llanto.
Mamá.
Mamá.
Mi mamá.
Consuelo ya no busca y se queda dormida. |