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Conocí a Claudia una tarde o una noche de verano o de invierno, en casa de una amiga, por Padre Mier o ante el aparador de otra joyería. Nadábamos en casa de sus tíos, empapados bajo un relámpago después de otro baile; aprovechábamos los últimos momentos de oscuridad o de neblina para internarnos entre unos encinos al fondo del jardín o para acariciar un gato que cerraba los ojos y arqueaba el cuerpo. La conocí cuando se compraba unos aretes de plástico en el fondo del mercado, cuando contaba los adoquines de un corredor o cuando remojaba sus labios con limonada o chocolate debajo de una escalera o ante una chimenea. La conocí en el pasillo donde un caracol dejó su rastro brillante, en el Primer Cuadro, en un desayuno no recuerdo por qué ni para quiénes, con las mejillas rosas y bañadas de lágrimas o jugo de naranja, cuando nos presentaron sus primos o en la banca de la plaza donde algunos maestros jubilados se hacen bromas bajo los fresnos.
Desde entonces me gusta su manera de estar en silencio, su sonrisa. A veces me mira furtiva y, al sor­prenderla, finge.
     Yo llamaba a su teléfono y no hablaba. Claudia identificaba mi respiración y mi silencio.
     Y del otro lado me diría no te preocupes, yo también te quiero.
     El calor está fuerte y uso traje a diario, al menos en la oficina. Aunque no tengo carro. Me da vergüenza viajar trajeado en camión: el chofer vuelto loco, el infecto pasamanos, la canícula de una ciudad donde los jefes no consienten los retrasos de sus trabajadores, y yo ahí, comprimido en esa rutina ambulante, cuidando la raya del pantalón y que no se repegue el vecino y su aroma. En este reciclaje necesito usar traje para ganar más dinero y comprarme carro, pero no puedo trajearme porque no tengo carro. Años y años a la corre y corre, huyo de la pobreza enamorada de mis talones, corro, busco dinero en las alcantarillas, rasco monedas debajo de las piedras, oxidado.
     Llevo acumulado cansancio de varios días para que el trabajo saliera bien. Afortunadamente, concluida la ceremonia, la empresa decide regalarse y regalarme la tarde.
     Y esta tarde libre me toma por sorpresa.
     Me enamoro de las mujeres que contemplo, mis bodas en el escaparate de un estudio o afuera de un templo.
     Por eso busco otro trabajo.
     Entre los semáforos y la prisa, en cada esquina, una pelea a muerte.
     A veces tan vacía, a veces tan llena de todo, menos de lo que busco, la ciudad se parece a mis bolsillos.
     Mientras Monterrey duerme confiado en la oscuridad, mis paseos nocturnos por los bosques de Chipinque afilan mi soledad y mis uñas.
     Los últimos copos de nieve se convierten en vapor antes de tocar el suelo. Buscar trabajo es la salida práctica; trabajar es lo normal. ¿Tú trabajas? Yo trabajo. ¿Tú trabajas? No, estoy buscando trabajo. Buscar trabajo, buscar trabajo. En medio de este horno camino. La avenida, subidas y bajadas, ofrece un espejo mojado sobre el que ninguna llanta se humedece, ningún rostro se refleja. El asfalto recuerda un accidente en especial, en el que dos niñas en una minimoto atravesaron el parabrisas de un carro negro. ¿Trabajo? Si los rayos planchan jardines y terrazas, ¿cómo caminar por estas banquetas agrietadas, sin viento, ahogado entre tanto trabajo? Conseguir trabajo, una forma difícil de ganarse la vida. El sueldo debería correr desde la búsqueda, comisión por cada entrevista. Yo te llamo si hay algo. Pero nunca llaman. Pero no. Trabajar en algún sótano de cristal, bajo cúmulos de aire frío vertido por oficinas y pasillos, entre gente desinfectada, inodora, incolora, multicolor, con voces moduladas aunque ásperas por los cambios de temperatura.
     Buscando encuentro la primera reja. ¿Qué se le ofrece?, me reta el vigilante desde la fresca comodidad de su caseta.
     Vengo a personal. Quiero hacer una solicitud. Ya tengo cita, le digo, aunque lo de la cita no es cierto. Adelante. Un enorme brazo de acero negro y amarillo se levanta para permitirme el paso.